Quería responder que mi nombre es Sac-Nicté, que significa “Flor Blanca” en lengua maya. Quería contarles que el nombre me lo puso mi madre, lo escogió cuando leyó un cuento sobre la leyenda de una princesa maya que se enamoró de quién las normas sociales de la época lo impedían.
Quería responder que llevo los apellidos de mi abuela y de mi abuelo, porque soy hija de una madre autónoma, única e irremplazable. Y si bien a estas alturas de mi vida puedo mirar esta vivencia desde un lugar de amor y de honra, mucho tiempo significó la ausencia de mi madre en mi cotidianidad. Alguien tenía que trabajar y sostenernos en la vida y con vida. A ella se lo agradezco infinitamente.
Quería responder que nací en el ahora olvidado Distrito Federal. Que vivíamos cerquita del aeropuerto, en un departamento que habité por poco tiempo, hasta los dos años aproximadamente, ya que mis abuelxs me llevaron con ellxs a Jalpan, en la sierra de Puebla y ahí fui muy feliz trepando árboles y sin peinarme.
Quería responder que después mi madre se fue al pueblo a buscarme y me llevó con ella a una ciudad que haría suya durante muchos años. Llegamos a Xalapa y adoptamos a la ciudad como puerto de vida. Allí me formé hasta la universidad, con todas las cosas buenas y malas que implicó vivir en una ciudad de provincia, capital con aroma de pueblo. Pase de habitar la niebla a la sequía del 2023.
Quería responder que tengo una hermana que fue la flor que llegó cuando yo tenía 15 años. Que la vida me llevó a cuidarla como si fuera mi hija y que durante mucho tiempo me habité en una maternidad que no me correspondía. Ella me vino a enseñar a ocupar el lugar de hija y de hermana, de sentir amor por el solo hecho de su existencia.
Quería responder que después me volví nómada. Que me fui de la ciudad que para ese entonces me asfixiaba y que después se volvió el lugar de reencuentro con mis abuelxs. Crucé el océano Atlántico y por aquellas tierras habité más de 10 años, intentando hacer de ellas un refugio. Lo logré. Allí viví, trabajé, me enamoré.
Quería responder que estudié antropología lingüística en la ciudad donde crecí. Me hubiese encantado estudiar en CDMX, pero la ciudad monstruo aterraba a mi mamá. Después me especialicé en cine documental y descubrí que contar historias a través del lente es una maravilla -no entiendo por qué dejé de hacerlo-.
Quería responder que en el 2010 me volví peregrina y sigo siéndolo de corazón. Caminé mil kilómetros, con una mochila en la espalda -como las caracolas-, con el pelo rapado y con la vida a cuestas, sin más posesiones que una maleta azul llena de fotografías (sí, de las impresas, ¡qué tiempos aquellos!) que dejé en casa de mi madre y con una sensación de libertad que no sé si volveré a encontrar.
Quería responder que me fui a vivir enamorada a los Pirineos, en un país pequeñito, donde todo parecía nuevo y por hacer. Las montañas me impedían ver el horizonte y para sentir que respiraba, subía y subía hasta la más alta de las cimas de aquel país de tabaco, de nieve y de hogar.
Quería responder que un día decidí que volvería al continente americano porque tenían un sueño de adolescencia por cumplir: recorrerlo en furgoneta. Empecé por Canadá y bajé en la Concha, una camionetita que fue mi hogar y el de Tashi un año completo, hasta que la pandemia me llevó a cambiar el rumbo de la vida.
Quería responder que volví a la ciudad donde crecí, de la que salí asfixiada. Regresé a despedirme de mis ancestrxs, a acompañar a mi abuela en su último viaje, a sanar las heridas que mi niña no había podido resolver con tanto nomadismo. Y ahí abrí un camino muy bello, otro sueño cumplido, de crear un espacio cultural en el que nosotras las mujeres estuviéramos en el centro, apostando por crear redes, por tejernos en afectos. Fue bonito lo que duró.
Quería responder que de las cosas más bonitas que me trajo ese sueño, fue conocer a mi compañera de vida, vivir juntas y compartirnos la vida, el amor y los cuidados, reafirmar que llevamos innumerables vidas juntas; y ampliar la manada de perritas que nos acompañan, que son maestras de amor, de paciencia, de pausa, de contemplación y de vejez.
Quería responder que soy humana, que me equivoco constantemente y que aprendo. Que creo en el diálogo y la reparación. Sin embargo, fruto de ese sueño de caminar en colectividad, desde hace unos años soy una monstrua para algunas personas, son la villana y un ser cruel, soy la encarnación de la inhumanidad, un ser al que desean ver desaparecer. Y lo han logrado. Una parte de mi lo agradece porque he vuelto a la vida real, esa que se palpa y se siente en el corazón. El odio se queda en las entrañas de alguien más.
Quería responder que soy quien hace unos años solo pensaba en morir, tenía el corazón roto de tantas maneras que sería difícil explicar. Ahora atesoro esos momentos de tristeza porque me han enseñado de mi fortaleza, del lugar que habito, de prioridades y de cuidados que me permiten florecer a mis 43 años.
Quería responder que desde hace dos años tengo miedo de escribir. Que hoy retomo la palabra en movimiento como un acto de sanación, como un ritual en el que reafirmo mi existencia, en el que confío en mi voz, incluso, como una forma de vomitar el dolor.
Quería responder que soy todas mis relaciones: mis madres en esta vida, mis padres, mis hermanas, mis amigas, mis amoras y amores, mis amantes, mis compañeras de trabajo. Soy todas las heridas y duelos, soy todas las alegrías compartidas. Soy todos los buenos días que recibo y doy en la vida.
Quería responder todo esto, pero ahora mismo creo que simplemente SOY.

